VLADIMIR NABOKOV
Gloria
(Tiempos románticos)
Título de la edición en lengua inglesa: Glory
Traducción: Román García-Azcárate
Publicado por Editorial Lumen
PROLOGO A LA EDICIÓN INGLESA
Este trabajo completa la serie de versiones inglesas que conforman el total de mis nueve novelas rusas (escritas en Europa occidental entre 1925 y 1937, y publicadas por sociedades emigres entre 1926 y 1902) que están a disposición de los lectores ingleses y norteamericanos. Quien observe la lista siguiente podrá apreciar el dramático vacío entre 1938 y 1959:
Mashenka, 1926 (Mary, 1970)
Korol', Dama, Valet, 1928 (King, Queen, Knave, 1968)
Zashchita Luzhina, 1930 (The Defense, 1964)
Soglyadatay, 1930 (The Eye, 1968)
Podvig, 1932 (Glory, 1971)
Kamera obscura, 1933 (Laughter in the Dark, 1936)
Otchayanie, 1935 (Despair, 1966)
Priglashenie na Kazn', 1936 (Invitation to a Beheading) (1959)
Dar, 1952 (The Gift,1963)
La presente traducción al inglés es meticulosamente fiel al texto original. Trabajando a intervalos, mi hijo tardó tres años para hacer el primer borrador, después de lo cual yo pasé tres meses preparando una copia en limpio. Las grandes preocupaciones rusas por el movimiento y los gestos físicos, caminar y sentarse, sonreír y mirar por-entre-las-pestañas, son especialmente notables en Podvig y esto dificultó aún más nuestra tarea.
7
Comencé Podvig en mayo de 1930, inmediatamente después de escribir Soglyadatay, y la completé a fines de ese año. Sin hijos todavía, mi esposa y yo alquilábamos un recibidor y un dormitorio en Luitpoldstrasse, Berlín Oeste, en el triste y amplio piso del cojo General Von Bardeleben, un señor de edad que sólo se dedicaba a resolver su árbol genealógico; su frente despejada tenía un toque nabokoviano, y, en efecto, estaba emparentado con el conocido ajedrecista Bardeleben, cuya muerte se parecía a la de mi Luzhin. Un día a principios de verano, Ilya Fondaminski, editor jefe del Sovremennye Zapiski, fue allí desde París para comprar el libro na kornyu, «en estado de raíz» (como se dice de los sembrados de grano antes de la cosecha). Era revolucionario social, judío, ferviente cristiano, instruido historicista y enteramente amable (tiempo después fue asesinado por los alemanes en uno de sus campos de exterminio), y cuán vivamente recuerdo el espléndido gesto de deleite con que se golpeó las rodillas antes de levantarse de nuestro sofá de color verde apagado después de que el trato se hubo cerrado.
El título inicial del libro (posteriormente reemplazado por el más expresivo Podvig, «proeza galante», «noble hazaña») era Romanticheskiy vek, «tiempos románticos» —verdaderamente muy atractivo—, que en parte había yo elegido porque estaba cansado de oír que los periodistas occidentales llamaban a nuestra era «materialista», «práctica», «utilitaria», etc., pero principalmente porque el propósito de mi novela es enfatizar la emoción y el encanto que mi joven expatriado encuentra tanto en los placeres más triviales como en las aventuras aparentemente sin sentido de su vida solitaria.
Para facilitar la tarea a cierto tipo de críticos (y particularmente para aquellos inocentes insulares a los que afecta mi trabajo, tan extrañamente que se podría pensar que los hipnoticé desde el aire para que hicieran gestos indecentes) señalaré las faltas de la novela. Basta decir que, antes de caer en el falso exotismo o en la comedia frívola, Podvig se eleva hasta las alturas de la pureza y la melancolía que sólo he logrado en Ada, novela muy posterior.
«¿Qué relación tienen los personajes de Podvig con los de mis otras catorce novelas?», puede preguntar quien busca el interés humano.
Martin es el más amable, íntegro y conmovedor de todos mis personajes jóvenes, y la pequeña Sonia, la de los opacos y oscuros ojos, el pelo áspero y negro, debería ser aclamada por los expertos en las tentaciones y la ciencia del amor, como la más extrañamente atractiva de todas mis jóvenes, aunque, obviamente, en un coqueteo variable y despiadado.
Si bien hasta cierto punto Martin podría ser considerado como mi primo lejano (más simpático que yo, pero también mucho más ingenuo de lo que yo siempre he sido), con quien comparto ciertos recuerdos infantiles, ciertas preferencias y aversiones, sus desvaídos padres, per contra, no se parecen a los míos en ningún sentido racional. Respecto a los amigos de Cambridge, Darwin es una invención total, al igual que Moon; pero «Vadim» y «Teddy» existieron en la realidad de mi propio pasado en Cambridge: los mencionó en Speak, Memory, 1966, capítulo XIII, penúltimo párrafo, bajo sus iniciales N. R. y R. C, respectivamente. Los tres leales patriotas, dedicados a las actividades anti-bolcheviques, Zilanov, Iogolevich y Gruzinov, pertenecen a ese grupo de gente, politicamente situados algo a la derecha de los viejos terroristas y algo a la izquierda de los demócratas constitucionales, y tan lejos de los monárquicos por un lado como de los marxistas por el otro, que conocí muy bien en el ambiente de la revista que publicaba Podvig por entregas, pero ninguno es retrato exacto de un individuo en especial. Me siento obligado a establecer la justa determinación de este tipo político (reconocido de inmediato, con la precisión inconsciente del conocimiento diario, por el inteligente ruso, principal lector de mis obras), ya que todavía no puedo aceptar el hecho —que merece ser conmemorado con un despliegue pirotécnico anual de sarcasmo y desprecio— de que, mientras tanto, los intelectuales norteamericanos fueron condicionados por la propaganda bolchevique de modo que menospreciaran profundamente la vigorosa existencia de pensamiento liberal entre los expatriados rusos. («¿Es usted trotskista, entonces?», sugirió sagazmente en 1940 un escritor izquierdista en extremo limitado, en Nueva York, cuando dije que no estaba ni con los soviets ni con ningún zar.)
El héroe de Podvig, sin embargo, no necesariamente se interesa por la política: ese es el primero de dos trucos geniales realizados por el sabio que creó a Martin. La realización personal es un tema fugal de su destino; él es así de raro: una persona cuyos «sueños se convierten en realidad». Pero la satisfacción personal está invariablemente impregnada de una conmovedora nostalgia. El recuerdo de las fantasías infantiles se mezcla con la espera de la muerte. El peligroso sendero que finalmente escoge Martin para entrar en la vedada Zoorlandia (¡sin conexión alguna con la Zembla de Nabokov!), sólo continúa el final ilógico del camino de cuento de hadas que serpentea a través de los coloridos bosques de un cuadro en la pared del dormitorio de Martin. Es la gloria de una gran aventura y una proeza desinteresada, la gloria de esta tierra y su abigarrado paraíso, la gloria del valor individual, la gloria del mártir radiante.
En nuestros días, cuando se desacreditan las teorías de Freud, el autor recuerda con asombro que no mucho tiempo atrás, se suponía que la personalidad infantil se dividía automáticamente como consecuencia de la identificación con los padres al divorciarse. La separación de los padres de Martin no produce tal efecto en su mente, y sólo a un tonto desesperado, bajo el sufrimiento de un análisis angustioso, puede perdonársele que relacione la carrera de Martin hacia la tierra paterna con la separación de sus padres. No sería menos osado señalar, con uterina incertidumbre, que la madre de Martin y la muchacha a quien ama llevan el mismo nombre.
Mi segundo toque mágico es éste: tuve mucho cuidado de no incluir el talento entre los numerosos dones que conferí a Martin. Hubiera sido muy fácil convertirlo en un artista, en escritor. Fue muy difícil no hacerlo mientras le otorgaba la extraña sensibilidad que generalmente se asocia con la criatura creadora. ¡Qué cruel fue evitar que encontrara en el arte no un «escape» (qué sólo es una celda más limpia en un piso más tranquilo), sino un alivio del dolor de ser! Prevaleció la tentación de realizar mi pequeña proeza propia dentro del nimbo colectivo. El resultado me hace recordar un problema de ajedrez que planteé hace tiempo. Su belleza radicaba en un primer movimiento paradójico: la reina blanca tenía cuatro posiciones probables a su disposición, pero en cualquiera de ellas se interponía en el camino (una pieza tan poderosa, y «¡se interpone en el camino!» de uno de los caballos blancos en cuatro variantes de mate. En otras palabras, no pudiendo realizar ningún papel en el juego siguiente, tenía que exilarse a una esquina neutral tras un peón inerte y permanecer allí enclavada en la ociosa oscuridad. La construcción del problema fue diabólicamente difícil. Como también fue Podvig.
El autor confía en que los lectores prudentes no se zambullan ávidamente en su autobiográfica Speak, Memory en búsqueda de los mismos temas o similares escenarios. La diversión de Podvig está en todas partes. Debe buscarse en el eco y la unión de los hechos menores, en los cambios pasado-y-presente, que producen una ilusión de ímpetu: en una vieja fantasía que se convierte en la bendición de una pelota abrazada contra el pecho, o en la visión casual de la madre de Martin penando más allá del marco temporal de la novela en una abstracción del futuro que el lector sólo puede adivinar incluso después de haberse precipitado a través de los siete últimos capítulos, donde la regular locura de dobleces estructurales y un baile de máscaras entre todos los personajes culmina en un final furioso, aunque en el final mismo no sucede nada: sólo un pájaro posado en una portezuela en la penumbra de un día de lluvia.
V. N.
8 de diciembre de 1970. Montreux.
1
Por extraño que parezca, Edelweiss, el abuelo de Martin, era suizo: un suizo robusto, de poblado bigote, que hacia 1860 había sido tutor de los hijos de un terrateniente de San Petersburgo, llamado Indrikov, y se había casado con la menor de sus hijas. Al principio Martin creía que la blanca y aterciopelada flor alpina, esa niña mimada de los herbarios, llevaba el nombre en honor a su abuelo. Incluso tiempo después no pudo abandonar totalmente esta idea. Recordaba a su abuelo claramente, pero sólo de un modo y en una sola posición: como un viejo corpulento, totalmente vestido de blanco, con tupidas patillas, sombrero de jipijapa y chaleco de piqué adornado con dijes (el más atractivo era una daga del tamaño de una uña), sentado en un banco delante de su casa, bajo la sombra inquieta de un tilo. Había muerto en ese mismo banco, sosteniendo en la palma de la mano su querido reloj de oro, cuya tapa parecía un pequeño espejo. Lo había sorprendido un ataque de apoplejía en aquel gesto circunstancial y, según la leyenda familiar, las manecillas se habían detenido en el mismo momento que su corazón.
Durante varios años, el recuerdo del abuelo Edelweiss se conservó en un grueso álbum con cubiertas de cuero; en su época las fotografías eran de buen gusto, de elaborada preparación. La operación era algo muy serio; el paciente debía estar inmóvil un largo tiempo y esperar a que le permitieran sonreír, en el momento de la instantánea. A la complejidad del heliograbado responden la gravedad y la firmeza de muchas de las varoniles poses del abuelo Edelweiss en aquellos retratos algo desvanecidos pero de muy buena calidad: el abuelo cuando era joven, con una perdiz recién cazada a sus pies; el abuelo montado en la yegua Daisy; el abuelo en un asiento rayado de la galería con un perro de caza negro, que se había negado a permanecer inmóvil y había salido con tres colas en la fotografía. Recién en 1918 el abuelo Edelweiss desapareció por completo, ya que el álbum se consumió en llamas, al igual que la mesa en que estaba colocado, y, de hecho, la casa de campo que estúpidamente quemaron los pastores de la villa cercana, en lugar de obtener algún beneficio del mobiliario.
El padre de Martin era un famoso dermatólogo. Al igual que el abuelo, también era robusto y de piel muy blanca, le gustaba pescar gobios en su tiempo libre, y poseía una magnífica colección de sables y dagas, así como largas y extrañas pistolas, por causa de las cuales, otros que usaban armas más modernas estuvieron a punto de ponerlo ante un pelotón de fusilamiento. A principios de 1918 comenzó a hincharse y a respirar con dificultad, y finalmente murió alrededor del diez de marzo en circunstancias poco claras. Por aquel entonces su esposa Sofía y su hijo vivían cerca de Yalta: la ciudad ensayaba un régimen hoy, otro mañana, y así permanentemente, sin llegar a adoptar ninguno.
Ella era una mujer joven, de piel rosada y pecosa, cabellos claros recogidos en un gran rodete, altas cejas que se ensanchaban hacia el puente de la nariz haciéndose casi imperceptibles cerca de las sienes, y pequeños cortes (hechos para pendientes que ya no llevaba) en los alargados lóbulos de sus delicadas orejas. Poco tiempo atrás, en la casa de campo del norte, todavía solía jugar ágiles e intensos partidos de tenis en la cancha del jardín, construida en los años ochenta. Durante el otoño pasaba largos ratos conduciendo una bicicleta Enfield de color negro sobre las crujientes alfombras de hojas secas y enmohecidas que cubrían las avenidas del parque. O si no, salía a caminar por la pintoresca carretera que unía Olkhovo con Voskresensk y recorría el largo camino, muy querido desde su niñez, elevando y dejando caer, como un caminante habituado, el extremo de su costoso bastón con mango de coral. En San Petersburgo se la conocía como ferviente anglófila y esta fama la deleitaba; discutía con elocuencia sobre temas como los boy scouts o Kipling y encontraba un placer especial en sus frecuentes visitas a la tienda inglesa Drew's, donde, ya en las escaleras, ante un gran cartel con una mujer que enjabonaba abundantemente la cabeza de un niño, el cliente era recibido por un maravilloso olor a jabón y a lavanda, mezclado con algo más, con algo que hacía pensar en bañeras de goma plegables, balones de fútbol y budines de Navidad redondos y pesados, prolijamente envueltos. De allí se desprende que los primeros libros de Martin estuvieran escritos en inglés: su madre aborrecía la revista rusa para niños Zadnshevnoe Slovo (El mundo sincero), y había inspirado en él tal aversión por las heroínas de Madame Charski, jóvenes y de cutis tan oscuro como sus títulos de nobleza, que mucho tiempo después Martin se mostraba receloso ante cualquier libro escrito por una mujer, porque sentía que, aun los mejores, respondían al deseo inconsciente de alguna dama madura y tal vez regordeta de adoptar un nombre bonito y acurrucarse en un sofá como una gatita. Sofía detestaba los diminutivos, mantenía un estricto control sobre sí misma para evitar usarlos y le molestaba que su marido dijera «El niñito tiene tosecillas otra vez... Veamos si tiene temperaturkci». La literatura infantil rusa abundaba en palabras que imitaban el balbuceo de los niños, cuando no pecaba de moralista.
Si el apellido del abuelo de Martin florecía en las montañas, el origen mágico del apellido de soltera de su abuela estaba en el grito lejano de diversos volkovs (lobos), kunitsyns (martas) o belkins (ardillas), y pertenecía a la fauna de la fábula rusa. En otros tiempos por nuestro país merodeaban bestias maravillosas. Pero Sofía pensaba que los cuentos de hadas rusos eran toscos, crueles y miserables; que las canciones populares rusas eran tontas y las adivinanzas idiotas. No creía en la famosa niñera de Pushkin y decía que la había inventado el poeta, al igual que sus cuentos de hadas, sus agujas de tejer y su dolor de corazón. Por tal motivo, Martin no pudo familiarizarse en su primera infancia con algo que, posteriormente, a través de las ondas prismáticas de la memoria, agregara un nuevo encanto a su vida. Sin embargo, no le faltaron encantos, ni tuvo motivos para quejarse de que no fuera Ruslán, el caballero errante ruso, sino su hermano occidental, quien despertara su imaginación de niño. ¿Pero qué podía importar entonces de dónde provenía el suave impulso que incita el alma al movimiento y la echa a andar, condenándola a no detenerse nunca?
2
Sobre la brillante pared, encima de la estrecha camita de niño, con sus redes laterales de cuerda blanca y el pequeño icono en la cabecera (el rostro moreno de un santo, barnizado y enmarcado en oropel, con el reverso de felpa roja un tanto comido por las polillas, o tal vez por el mismo Martin), colgaba una acuarela que representaba un espeso bosque con un sendero sinuoso que se perdía dentro de su propia profundidad. En uno de los libros ingleses que su madre solía leerle (cuan lenta y misteriosamente pronunciaba las palabras y cómo abría los ojos cuando llegaba al final de una página, y mientras la cubría con su mano pequeña, ligeramente pecosa, preguntaba: «¿Y qué crees que sucedió entonces?») había un cuento sobre un cuadro parecido a aquél, con un sendero en el bosque, justo sobre la cama de un niño, quien, en una noche estrellada, tal como estaba, con su camisa de dormir, había salido de la cama y entrado en el cuadro, había caminado por el sendero y había desaparecido en el bosque. Su madre —pensaba Martin ansiosamente— podría descubrir la similitud entre la acuarela de la pared y la ilustración del libro; entonces se alarmaría y, de acuerdo a los cálculos de Martin, quitaría el cuadro para impedir el viaje nocturno. Por eso, cada vez que rezaba en la cama antes de dormirse (primero venía una corta plegaria en inglés: «Buen Jesús, benigno y humilde, escucha a este niñito», y luego el «Padre Nuestro» en la sibilante, y sibilina, versión eslava), dando pasitos cortos y rápidos, y tratando de poner sus rodillas sobre la almohada —inadmisible, según su madre, en el terreno ascético—, Martin rogaba a Dios que ella no reparara en el tentador sendero que estaba sobre su cabeza. Cuando de joven recordara el pasado, se preguntaría si alguna noche no habría saltado desde la cama hasta el cuadro, y si ése no habría sido el comienzo del viaje, pleno de dicha y angustia, en que se había convertido su vida entera. Le parecería recordar el contacto con el suelo helado, la verde penumbra del bosque, las curvas del sendero (cruzado de tanto en tanto por alguna raíz grande y protuberante), los troncos de los árboles pasando rápidamente a su lado mientras corría descalzo entre ellos, y el extraño aire oscuro, lleno de fabulosas posibilidades.
La abuela Edelweiss, Indrikov de soltera, había hecho esmerados trabajos con acuarelas en su juventud, pero, mientras mezclaba en su paleta de porcelana la pintura azul con la amarilla, difícilmente había podido prever que un día, por ese verdor naciente, vagaría su nieto. El estremecimiento que descubrió Martin, y que lo acompañó durante toda su vida desde ese momento, en diversas manifestaciones y matices, resultó ser el mismo sentimiento que su madre esperaba despertar en él, aunque incluso a ella misma le hubiera sido difícil darle un nombre exacto; sabía que cada noche debería alimentar a Martin con lo que ella misma había sido alimentada por su difunta institutriz, la vieja y sabia señora Brook, cuyo hijo había cultivado orquídeas en Borneo, volado en globo sobre el Sahara y muerto en un baño turco al explotar la caldera. Ella leía y Martin escuchaba, arrodillado sobre una silla, con los codos apoyados sobre la mesa redonda que iluminaba una lámpara; y era muy difícil dejar de leer y llevarlo a la cama, pues él siempre le pedía que siguiera leyendo. A veces lo llevaba sobre la espalda hasta su cuarto en el piso superior: esto se llamaba «cargar el leño». A la hora de acostarse, Martin recibía una galleta inglesa de una caja de lata forrada con papel azul. Las de la primera capa eran de una maravillosa variedad, recubiertas con azúcar; luego había galletas de jengibre y coco; y la triste noche en que llegaba a la capa inferior tenía que conformarse con una variedad de tercera clase, vulgar e insípida.
Martin no malgastaba nada: ni las crujientes galletas inglesas ni las aventuras de los caballeros del Rey Arturo. ¡Qué momento sin igual era aquel en que un mancebo —¿tal vez un sobrino de Sir Tristam?— se ponía por primera vez, pieza por pieza, su convexa y brillante armadura y se dirigía hacia su primer combate! También estaban esas distantes islas circulares en las que una damisela miraba desde la playa con sus vestidos ondeando al viento y un halcón encapuchado posado en su muñeca. Y Simbad con su pañuelo rojo y su aro de oro; y la serpiente marina, con sus cilindricos segmentos verdes combándose fuera del agua hacia el horizonte. Y el niño que hallaba el sitio donde el fin del arco iris se encontraba con el suelo. Y, como un eco de todo esto, como imagen en cierto modo relacionada con ello, estaba la magnífica maqueta de un coche cama de paredes marrones en el escaparate de la Société des Wagons-lits et des Grands Express Europeéns de la Avenida Nevsky, por donde uno había caminado en un día triste y helado, mientras caían delgados hilos de nieve, y había tenido que llevar pantalones para la nieve, de punto, negros, sobre los calcetines y los pantalones cortos.
3
La madre amaba a Martin con tanto celo, con tanta violencia y tanta intensidad que su corazón parecía quedar ronco. Cuando su matrimonio fracasó y ella comenzó a vivir sola con Martin, él solía ir a visitar a su padre, los domingos, a su antiguo apartamento, donde pasaba largo tiempo con las pistolas y las dagas, mientras su padre leía el periódico impasiblemente y de vez en cuando respondía sin levantar los ojos: «Sí, está cargada» o «Sí, envenenada». En esas ocasiones Sofía apenas podía soportar el quedarse en casa, atormentada por la ridícula idea de que su indolente marido tratara de hacer algo para retener a Martin a su lado. Por otra parte, Martin era muy cariñoso y amable con su padre, a fin de hacerle más llevadero el castigo, pues creía que su padre había sido confinado por un delito cometido una tarde de verano, en su casa de campo, cuando le hizo algo al piano que lo había hecho emitir un sonido absolutamente estremecedor, como si alguien le hubiera pisado el rabo, y al día siguiente se había ido a San Petersburgo para no regresar jamás. Esto ocurrió el mismo año en que el Gran Duque de Austria fue asesinado en un serrallo. Martin había imaginado muy precisamente aquel serrallo y su diván, y al Gran Duque con un sombrero de plumas, defendiéndose con su espada de media docena de conspiradores envueltos en sus capas negras, y se desilusionó cuando su error se hizo evidente. El golpe en el piano había ocurrido durante su ausencia: estaba en el cuarto contiguo, cepillándose los dientes con una gruesa pasta dentífrica, espumosa y dulzona, a la que la inscripción en inglés hacía especialmente atractiva: «No podíamos mejorar el dentífrico; por eso mejoramos el tubo.» Efectivamente, la apertura tenía forma de ranura, de modo que la pasta, según se presionaba el tubo, no se deslizaba sobre el cepillo como un gusano sino como una cinta.
El día en que la noticia de la muerte de su esposo la sorprendió en Yalta, Sofía recordaba íntegramente aquella última discusión con su marido, en cada detalle y en cada matiz. El había estado sentado junto a una pequeña mesa de mimbre, examinando las yemas de sus dedos cortos y separados, y ella le había estado diciendo que no podían seguir más de ese modo, que hacía tiempo que se habían convertido en extraños, y que estaba deseando llevarse a su hijo e irse, incluso al día siguiente. Su esposo había sonreído indolentemente y con una voz calma y ligeramente ronca había respondido que ella tenía razón, por desgracia, y había dicho que se iría y que buscaría un apartamento en la ciudad. Su voz calma, su plácida obesidad, y sobre todo la lima con la que mutilaba sin cesar sus delicadas uñas, sacaban de quicio a Sofía, y la tranquilidad con que discutían su separación le parecía monstruosa, si bien el diálogo violento o las lágrimas hubieran sido aún más terribles. Al cabo de unos instantes, él se había levantado y, sin dejar de limarse las uñas, había comenzado a pasearse por el cuarto, de un lado para otro, hablando con una leve sonrisa en los labios sobre los detalles domésticos más pequeños de su futura existencia separada (y aquí, un carruaje para la ciudad había jugado un papel absurdo). Luego, súbitamente y sin motivo alguno, al pasar por el piano abierto, había golpeado el puño con toda su fuerza contra el teclado y había parecido como si un disonante aullido se hubiera colado dentro de la habitación por una puerta momentáneamente abierta.
Después de esto había retomado la frase interrumpida con el mismo tono de voz calmo, y al volver a pasar por el piano había bajado la tapa cuidadosamente.
La muerte de su padre, a quien no quería mucho, había impresionado a Martin por la sencilla razón de que no lo había querido como debía; y, además, no podía evitar pensar que su padre había muerto en desgracia. Fue entonces cuando Martin comprendió por primera vez que la vida humana corría haciendo zig-zags, que ahora había pasado la primera curva, y que su propia vida se había transformado en el instante en que, estando en el paseo de los cipreses, su madre lo llamó a la terraza y con voz extraña le dijo: —He recibido una carta de Zilanov. —Y luego continuó en inglés—: Debes ser valiente... muy valiente. Se trata de tu padre... Ha muerto.
Martin se puso pálido y sonrió confusamente. Después vagó largo rato por el parque Voronstsov, repitiendo de vez en cuando un sobrenombre infantil que una vez había dado a su padre, y tratando de imaginar —e imaginando con una cálida lógica de ensueño— que su padre estaba a su lado, frente a él, detrás de él, bajo aquel cedro, allí, en el declive de aquel prado, muy cerca, muy lejos, en todas partes.
Hacía calor, pese a que poco tiempo atrás había arreciado una fuerte tormenta con lluvias. Alrededor de los arbustos de nísperos zumbaban los moscardones. Un cisne negro y arisco flotaba en la laguna, moviendo de lado a lado un pico tan rojo que parecía pintado. Los pétalos de los almendros habían caído sobre la tierra oscura del sendero mojado, y se destacaban, pálidos, como las almendras en el pan de jengibre. No lejos de algunos cedros enormes, crecía un solitario abedul, con la peculiar inclinación del follaje que sólo tienen esos árboles (como si una muchacha hubiera dejado caer hacia un lado su cabello para peinarlo y se hubiera quedado inmóvil). Un pájaro rayado como las cebras pasó suavemente, extendiendo y juntando la cola. El aire resplandeciente, las sombras de los cipreses (árboles viejos, con un tono herrumbroso y diminutas pinas semiescondidas bajo sus capas); el cristal negro de la laguna, en la que se extendían los círculos concéntricos que rodeaban al cisne; el azul radiante en el que se elevaba el monte Petri, luciendo un ancho cinturón de pinos: todo estaba penetrado por un placer agonizante, y a Martin le pareció que, de algún modo, su padre jugaba parte en la distribución de luz y sombras.
—Si tuvieras veinte años en vez de quince —le dijo su madre esa tarde—, si ya hubieras terminado el colegio y yo ya no viviera, entonces, podrías, por supuesto... Creo que sería tu deber...
Se detuvo en mitad de la oración, pensando en el Ejército Blanco y viendo con el ojo de su mente las praderas rusas del sur y jinetes con gorros de cosaco, entre los que desde lejos trataba de reconocer a Martin. Pero, gracias a Dios, él estaba cerca suyo, con una camisa de cuello abierto, el cabello cortado casi al cero, la piel tostada por el sol y pequeñas líneas sin broncear que partían de los extremos de sus ojos.
—Mientras que, por otra parte, si regresamos a San Petersburgo... —continuó en tono de pregunta, pero en alguna estación anónima explotó una bomba y la locomotora tuvo que retroceder—. Probablemente todo esto termine algún día —agregó tras una pausa—. Mientras tanto debemos pensar en algo.
—Me voy a nadar —dijo Martin, en tono conciliatorio—. Toda la pandilla está allí, Nicky, Lida.
—Sí, claro, ve —repuso Sofía—. Después de todo, la revolución terminará algún día y será extraño recordarla. Nuestra estadía en Crimea le ha sentado magníficamente a tu salud. Y de algún modo terminarás tus clases en la escuela superior de Yalta. Mira aquel risco, ¿no queda hermoso con esa luz?
Esa noche madre e hijo no pudieron dormir, y ambos pensaron en la muerte. Sofía trataba de pensar en silencio, es decir, sin sollozar ni suspirar (la puerta del cuarto de su hijo estaba entreabierta). Nuevamente recordó, puntillosamente y en detalle, todo lo que había conducido a su separación de Edelweiss. Repasando cada instante, vio claramente que en tal o cual circunstancia no podía haber actuado de otro modo. Pero aún la acechaba un error, escondido en alguna parte: si no se hubieran separado, él no habría muerto así, solo en un cuarto vacío, sofocándose, desvalido, recordando tal vez el último año de felicidad (una felicidad bastante relativa, sin embargo) y el último viaje al extranjero, a Biarritz, la excursión a Croix-de-Mouguére y las pequeñas galerías de Bayonne. Ella creía firmemente en cierto poder que guardaba la misma semejanza con Dios que la casa de un hombre a quien uno nunca ha visto, sus pertenencias, su invernadero y sus colmenas, su voz distante, oída al azar en un campo abierto, guardan con su dueño. Llamar «Dios» a ese poder la habría incomodado, así como hay Pedros e Ivanes incapaces de pronunciar «Perico» o «Vanya» sin una sensación de falsedad, mientras que hay quienes, en una larga conversación, repiten con gusto sus propios nombres, o peor, sus sobrenombres, veinte veces o más. Este poder no tenía relación con la Iglesia, ni absolvía o purgaba pecado alguno. Era sólo que, a veces, Sofía sentía vergüenza en presencia de un árbol, una nube, un perro, o el aire mismo, que transportaba tanto una palabra dura como una amable. Y ahora, mientras pensaba en su desagradable y mal querido esposo y en su muerte, aun cuando repetía las palabras de las oraciones que le eran familiares desde su niñez, esforzaba de tal modo todo su ser —ayudada por dos o tres recuerdos felices, a través de la niebla, a través de grandes espacios, a través de todo aquello que seguiría incomprensible para siempre— que podría haber besado a su marido en la frente.
Nunca discutía abiertamente este tipo de cosas con Martin, pero siempre sentía que a través de su voz y de su amor, cualquier otra cosa de la que hablaran creaba en él el mismo sentimiento de divinidad que habitaba en ella. Acostado en el cuarto contiguo y f...
Sabaidee