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CIELO
R. A. Lafferty
El Vende-cielo, el mismísimo señor Furtivo, hocico de zorro, ojillos de hurón,
escurridizo como una serpiente, vivía bajo las Rocas. Hacía mucho tiempo que las
Rocas dejaran de ser un complejo habitacional de categoría. Construido en gran estilo
sobre un solar mefítico (para transformarlo), la tierra mefítica había ganado la partida.
Los departamentos de las Rocas habían ido perdiendo esplendor a medida que se
subdividían una y otra vez, y ahora no eran más que oropel. Las Rocas habían
envejecido. Sus colores, antaño pastel, eran ahora grises y pardos mortecinos.
Los cinco niveles subterráneos que fueran playas de estacionamiento en los dias en
que aún eran comunes los vehículos de motor, se habían convertido en
guaridas y conejeras. El Vende-Cielo habitaba en el nivel más bajo, y en la más
pequeña de las cuevas.
Sólo salía de noche. La luz del día lo habría matado y él lo sabía. Vendía su
mercancía en las sombras profundas de la noche. Tenia unos pocos clientes (aunque
selectos por lo extravagantes) y nadie sabía quién era su proveedor. El decía que no
tenia proveedor, que él mismo recogía y elaboraba la mercancía. Celeste Alauda, una
muchacha llenita de cuerpo, pero ligera de movimientos (se decía que sus huesos eran
huecos y estaban llenos de aire), abordó al Vende-Cielo poco antes de las primeras
luces, en el preciso momento en que él empezaba a ponerse sumamente nervioso,
aunque todavía no se había escabullido a su cueva subterránea.
—Un cucurucho de cielo para la nerviosa ratita. ¡Salta, o el sol se comerá tu
cuevecita!—canturreó Celeste y ya volaba más alto que la mayoría de los cielos.
—¡Date prisa, date prisa! —imploró el Vende-Cielo, arrojándole el cucurucho, los
ojos negros trémulos y centelleantes (si alguna vez se reflejase en ellos la luz
verdadera, quedaría ciego).
Celeste recogió el cucurucho de Cielo y le amontonó billetes en las manos de
palmas peludas. (¿De veras? Si, peludas de veras.)
—Sea chato el Mundo y redondo el Aire, dondequiera que el Cielo bajo tierra vague
—salmodió Celeste, llevándose el cucurucho de Cielo y alzando el vuelo con un
levísimo rumor de pies (no pesaba mucho, sus huesos eran huecos). Y el Vende-Cielo,
de cabeza, se lanzó como una flecha por un agujero oscuro hacia su cueva.
1
Eran cuatro los que esa mañana iban a practicar Buceo-en-el-Cielo, Celeste misma,
Karl Vlieger, Icarus Riley, Joseph Alzarsi; y el piloto era... (no, no quien ustedes
piensan, ése ya los había amenazado con denunciarlos a todos; ya no empleaban más
a ese piloto)... el piloto era Ronald Kolibrí con su avioneta fumigadora de sembrados.
Pero una fumigadora no llega hasta las alturas escarchadas desde las que a ellos
les gustaba lanzarse. Sí llega... si todo el mundo está en Cielo. Pero no está
presurizada y no lleva oxígeno. Eso no tiene importancia, no la tiene si todo el mundo
está en Cielo, ni si también el avión está en Cielo.
Celeste tomó Cielo con Montaña Whizz, una bebida gaseosa. Karl se lo metió en la
boca como si fuese rapé.
Icarus Riley lo lió y lo fumó. Joseph Alsarzi se lo inyectó, mezclado con alcohol
bebestible, en la vena principal. El piloto Ronny lo paladeó y masco como si fuese
polvo de azúcar. El avión llamado Tordo lo sorbió por el tubo múltiple.
Quince mil metros... Imposible llegar a tal altura en una avioneta fumigadora. Treinta
y cinco bajo cero... ¡Ah, eso no es frío! Aire demasiado enrarecido como para poder
respirar... con Cielo ¿quién necesita cosas tan obvias como el aire?
Celeste salió al vació y no bajó, se elevó. Era una treta que practicaba a menudo.
No pesaba mucho; ella siempre podía llegar más alto que los demás. Subió y subió
hasta desaparecer. Luego volvió a descender con suavidad, totalmente encerrada en
una esfera de hielo cristalino, chisporroteante y haciéndoles muecas.
Aullaba y ladraba el viento, y los buceadores se lanzaron. Todos descendieron,
planeando, resbalando y dando volteretas, inmóviles al parecer de tanto en tanto; hasta
elevándose un poquito. Cayeron sobre las nubes y se tendieron en ellas; nubes
blanquinegras, con el sol dentro de ellas, cubriéndoles por arriba y por abajo.
Quebraron la esfera de hielo cristalino de Celeste y ella saltó al vacío. Se comieron los
frágiles trocitos, muy fríos y quebradizos y con un gustillo a ozono. Alzarzi se sacó la
camisa y se asoleó sobre una nube.
—Te vas a quemar -le dijo Celeste—. Nunca te quemas tanto como cuando tomas
el sol sobre una nube.
Eso era cierto.
Se sumergieron en la blanquinegrura de aquellas nubes y llegaron a la ilimitada
avenida azul techada y pavimentada con nubes. Era la misma avenida en la cual
2
Hippodameia hacía correr sus caballos, pues no había en la tierra lugar suficiente para
que se ejercitasen esos corceles. Las nubes de abajo se doblaron hacia arriba y las de
arriba se doblaron hacia abajo, formando un espacio de regulares dimensiones.
—Aquí nosotros tenemos nuestra propia redondez y esfera —dijo Icarus Riley
(estos son sus nombres de Buceadores Celestes, no sus nombres legales) —y está
aislada de todos los mundos y cuerpos. Los mundos y los cuerpos no existen mientras
nosotros digamos que no existen. El eje de nuestro espacio presente es su propia
armonía. Por lo tanto, al estar en perfecta armonía, el Tiempo se detiene.
Todos los relojes, al menos, se habían detenido.
—Pero abajo hay un mundo —dijo Karl—. Es un mundo abyecto, y si así lo
deseamos, podemos hacer que siga siendo abyecto para siempre. No obstante tiene al
menos una vaga existencia, y más adelante lo dejaremos henchirse otra vez con
nuestra compasión por las cosas inferiores. Es chato, sin embargo, y debemos insistir
en que siga siendo chato.
—Eso es importante —dijo Joseph con la profunda solemnidad de alguien que ha
tocado Cielo—. En tanto nuestro mundo sea combado y esférico, el mundo debe seguir
siendo chato o deprimido. Pero al mundo no debe permitirsele que vuelva a agachar la
espalda. Si alguna vez lo hace, correremos peligro. Mientras siga siendo realmente
chato y abyecto no podrá triturarnos contra él.
—¿Cuánto tiempo podríamos caer—preguntó Celeste —si no hubiésemos detenido
el tiempo, si lo hubiésemos dejado fluir a su propio ritmo, o al nuestro? ¿Cuánto tiempo
podríamos caer?
—En una oportunidad Hefestos rodó por el espacio durante todo un día —dijo
Icarus Riley —y en ese entonces los días eran más largos.
Karl Vlieger se había quedado bizco a causa de una pasión sexual internalizada que
solía experimentar cuando buceaba. Icarus Riley pareció caer repentinamente bajo los
efectos del gas hilarante; este es un indicio de que Cielo no está surtiendo un efecto
perfecto. Joseph Alzarsi sintió que un viento frío le recorría la espina dorsal y
experimentó una serie de pequeñas sacudidas premonitorias.
—No somos perfectos—dijo Joseph—. Tal vez lo seamos mañana o pasado
mañana, porque estamos muy cerca de la perfección. Ganamos un asalto. Y ganamos
otro. No desperdiciemos nuestra victoria hoy por negligencia. ¡La tierra ha doblado un
poquito su decrépita espalda y nos aprontamos para atacarla! ¡Ahora, muchachos,
ahora!
3
Cuatro de ellos (o quizá sólo tres) tiraron de las argollas. Los paracaídas salieron de
sus vainas, se abrieron como flores y se sacudieron. Mientras conversaban, habían
estado juntos como las espigas de una gavilla. Pero de pronto, al tocar tierra, se
dispersaron en un área de quinientos metros.
Se reunieron. Plegaron los paracaídas. No había más buceo por ese día.
—Celeste, ¿cómo plegaste tu paracaídas con tanta rapidez?—le preguntó Icarus
con suspicacia.
—No sé.
—Siempre eres la más lerda de todos nosotros y la más torpe. Siempre alguien
tiene que volver a enrollar tu paracaídas antes de que se pueda usar otra vez. Y hoy
fuiste la última en aterrizar. ¿Cómo fuiste la primera en estar lista? ¿Cómo lo enrollaste
tan bien? Tiene los mismos pliegues que yo le hice esta mañana, cuando te lo enrollé
antes de partir.
—No sé, Icarus. Oh, creo que voy a volver a subir, ahora mismo.
-No, ya has navegado y buceado suficiente por esta mañana. Celeste, ¿abriste
siquiera el paracaídas?
—No sé.
Ebrios de cielo, a la mañana siguiente volvieron a remontarse. La avioneta llamada
Tordo voló hasta alturas nunca alcanzadas por otra nave, ascendió en plena Tormenta.
La tierra amortajada de tormenta se encogió hasta el tamaño de la tetilla de una arveja.
—Le vamos a hacer una jugarreta —dijo Celeste—. Cuando uno está en Cielo
puede hacerle jugarretas a cualquier cosa y obligarla a que se la aguante. Voy a decir
que la tetilla de arveja que antes era el mundo es una nada. Miren, desapareció. Ahora
voy a elegir otra, tetilla, esa que está allí, y la llamaré mundo. Y ese es el mundo al que
descenderemos dentro de un instante. He trocado mundos en el mundo y el mundo no
sabe lo que le ha pasado.
—Está intranquilo, sin embargo.—Joseph Alzarsi habló a través de las fosas
nasales abocinadas—. Lo trastornaste. No es de extrañar que el mundo tenga sus
momentos de duda metafísica.
4
Estaban a trescientos mil metros de altura. El altímetro no daba para tanto, pero
Ronald Kolibri, el piloto, añadió con tiza los ceros complementarios para que la cifra
fuese correcta. Celeste saltó al vacío. Karl Icarus y Joseph saltaron al vacío. Ronald
Kolibri dio un paso hacia el vacío, pero sólo uno. De pronto recordó que era el piloto y
volvió a la avioneta. Estaban tan alto que el aire en vez de azul era negro y repleto de
estrellas Hacía tanto frío que el espacio vacío estaba lleno de grietas y baches. En un
abrir y cerrar de ojos se zambulleron a una profundidad de ciento cincuenta mil metros.
Se detuvieron, muertos de risa.
Era vigorizante, era vivificante. Pisoteaban las nubes y las nubes resonaban como
tierra escarchada. Esta era la comarca ancestral de toda helada blanca, de toda nieve
graneada y hielo transparente. Aquí estaba el hacedor de climas, aquí estaba hijo-
viento Entraron en cavernas de hielo mezclado con morena, encontraron hachas de
cuerno y huesos de hemición; encontraron carbones todavía en ascuas. Los vientos
aullaban y cazaban en jaurías a través de los abismos. Aquellas eran las frías nubes
Fortianas, situadas a gran altura.
Descendieron hasta más abajo de Tormenta, encontraron un sol nuevo y un aire
nuevo. Era pleno verano en el cielo era pleno otoño.
Volvieron a caer, millas y millas, al pleno verano celeste, el aire era tan azul que
para proteger su superficie formaba sobre ella una pátina violeta. Alrededor de ellos
volvió a formarse su propio espacio, como lo hacia todos los días, y el tiempo se
detuvo.
¡Pero no el movimiento! El movimiento nunca se detenía con ellos. ¿No os dais
cuenta que la nada en un vacío puede aún estar en movimiento? ¡Y cuánto más ellos,
los de la gran lucidez! Allí estaba la Dinámica; allí estaba la vorágine sustentadora; allí
estaba la suprema serenidad del movimiento febril.
Pero, ¿no es el movimiento una mera relación de espacio y tiempo? No. Esa es una
idea común entre los pueblos que viven en mundos, pero es una idea subjetiva. Aquí,
más allá de la posible influencia de cualquier mundo, había movimiento vivo sin puntos
de referencias.
—Celeste, hoy se te ve muy diferente —dijo Joseph Alzarsi, perplejo—. ¿Qué te
pasa?
—No sé. Es maravilloso estar diferente y yo soy maravillosa.
—Te falta algo —dijo Icarus—. Creo que lo que te falta es un defecto.
5
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